viernes
domingo
[Un año antes]
Se sentó a mi lado, así con desgano, como quien no quiere la cosa… Así era él, mostraba su tranquilidad y sus ganas tanto como una lápida de cementerio. Tenías que saber leerle los ojos para saber qué pensaba, después de todo allí era donde escondía sus secretos. Así que lo miré con hambre de descifrar el estanque de miel debajo de sus pestañas y ganarle de mano dándole una respuesta original, pero no estuve segura de qué expresar. Él sonrió y me puso la mano en el hombro. “Raro, muy raro. ¿Y a este qué bicho le picó?” pensaba para mis adentros, decidida a disimular mi asombro y enfocar la atención en mi bolso de la escuela. Entonces sacó un jazmín, chiquito y precioso, y me lo enredó sobre la oreja izquierda.
viernes
Por decir algo digo que fuimos el cóctel perfecto de besos robados, sueños dedicados y locuras por hacer. Que nadie se regaló la luna como nosotros ni se fusionaron los cuerpos como aquella vez.
Por decir algo digo que rompimos con todas las matemáticas del asunto y fuimos uno en dos. Que no hubo regla que no pudiéramos romper; que hasta el cielo nos quedó cerca.
Por decir algo digo que no hay dos almas en el mundo que se hayan querido o se quieran como digo que se adoran las nuestras.
Día 19 - Dos canciones con las que harías el amor.
jueves
Ella había vuelto. Tenía tatuada en la cara una sonrisa nueva, de esas sinceras que no se veían seguido por esta parte del mundo. Traía debajo del brazo un cuaderno azul, relleno de tinta, recuerdos y sentimientos que suponía nunca me iba a revelar. Entonces vi directo en sus ojos con forma de avellana y me di cuenta que había cambiado. Que estaba aquí, con la felicidad entre dientes, pero que había dejado una parte de su alma en algún lugar con el resto de sus secretos y que jamás sería la misma.
viernes
sábado
Tenía 17 años y el miedo colado entre los huesos mientras su vista se perdía 12 metros más abajo, en el fondo del lago. Estaba esperando a que el pánico la recubriese por completo cuando un codazo amistoso y su par de ojos azules la miraron divertidos.
- Oye, si tú saltas, yo salto. Es así de simple, no? – Le dijo él extendiéndole la mano.
No pudo evitar sonreír ante aquella frase. Le pareció increíble que él la recordara y que además estuviese justo allí, a su lado, en la cornisa del puente a punto de lanzarse al vacío. Fue entonces cuando entre tanta adrenalina sintió una explosión interna, una mariposa que le decía que tal vez había algo más y que todo estaría bien si se dejaban caer.
lunes
- Algo que me quieras decir? – Dijo en voz baja después de unos segundos.
- No, simplemente quería mostrarte algo – Respondió ella en el mismo tono de voz y luego cerró los ojos.
Él la imitó, relajando poco a poco cada músculo de su cuerpo en el silencio perfumado que los invadía. Pasaron así varios minutos, de esos en los que uno no sabe realmente cuánto tiempo transcurre.
Ves? – Volvió a hablar ella antes de mostrar los dientes. Y él lo entendió. Esa chica tenía razón, el silencio no significaba ausencia… mucho menos si el aroma dulzón a jazmín merodeaba por el ambiente.
sábado
[ 1 año antes ]
- ...Es que son demasiado parecidos en algunas cosas.
- ¿?
- Los dos son igualmente enamoradizos… mejor dicho, unos miedosos enamoradizos. La diferencia está en que mientras que Benjamín no quiere enamorarse porque sabe que es otra historia que no va a pasar de los seis meses que estén juntos aquí – porque sabemos muy bien que no es capaz de hacer nada para que siga - ; Nerea es capaz de enamorarse y después no estar segura si quedarse y volver sólo para alguna fiesta. Ambas cosas terroríficas a su modo.
- Me estás cargando? Conozco gente que se ha enamorado en menos de seis horas.
- Ah sí? Quién?
- Vos y él, obviamente. Lo que pasa es que son demasiado tercos para admitírselo.
miércoles
Tengo un nudo en los dedos que me impide explotar todas las sensaciones que tengo adentro. Mi corazón, ya cansado de buscar otros poros de salida y de agotarse todas las reservas de agua salada del mes, ha quedado anestesiado y somnoliento. Pobre, nunca le dijeron que andar a destiempo podía tener efectos secundarios. Y es que… a ver, cómo te lo explico. Siento… siento [Y al escribir esto se me cierra el pecho] que contigo se me escapaba el tiempo. Nunca llegué cuando debía, siempre fueron dos minutos, una semana o hasta cinco años de retraso de palabras, acciones e, incluso, silencios.
Ya han pasado veinte noches de aquella en que te fuiste con todas las estrellas de la madrugada y sin ninguna explicación, y yo recién ahora – así anestesiada – logro vomitar este mareo de horas y horas de oportunidades que se me fueron de las manos [Qué irónico. Hasta en esto llego tarde]. Que tal vez tendría que haber corrido, haberle pedido una solución a tus labios. O que tal vez antes, mucho antes tendría que haber desatado mis impulsos y haber echado a correr por tu espalda. Pero no pude, y ya nunca podré. Mierda. Es frustrante… pensar que casi llego y de repente…
martes
miércoles
Me gusta tu pelo, cómo se mueve todo mañoso y sin sentido por la mañanas, como tus ojos a las siete cuando remoloneas en la cama. Me gusta tu pelo, así castaño viejo. Parece que el sol de mayo – ese mismo que te iluminaba la primera vez que te vi - se puso a jugar con las hojas secas y decidió quedarse arriba de tus cejas. Me gusta largo, corto, un poco más corto, la manera en que decides cómo llevarlo por el mundo. Me gusta porque de lejos te pinta como un león nervioso, pero de cerca se vuelve suave, más aún entre mis dedos cuando te apoyas en mi falda y damos comienzo a nuestro ritual de caricias. Me gusta tu pelo, su olor a shampoo y tu piel de verano; su brillo cuando sales del mar después de una buena zambullida. Me gusta ruludo, lleno de idas y venidas, así como tus ideas que siempre tienen otra vuelta de tuerca. Que sí, que me gusta tu pelo; que es como una pequeña muestra del universo que sos vos.
[…] Entonces su mejilla rozó la mía y cortó con todo el divague de preguntas. Duro. Seco. Fugaz. Perdido. Como su mirada. Acto seguido desde el sector izquierdo de mi pecho note cómo algo parecido a una navaja cortaba a una velocidad desconocida algo que había allí, algo que ya no siento y que no sé qué es. Fuese lo que fuese, ese algo presintió que en ese mismísimo instante mi mundo se venía abajo y que todo había terminado.
Sí, esa fue la última vez que lo toqué. Ese beso –más bien, ese choque de huesos – fue lo último que absorbieron mis moléculas. Y lo peor de todo, es que él seguía sintiéndose tan cálido como siempre.
miércoles
Alguien le había amarrado el cuello y la había tirado hacia el fondo; aquél nudo en la garganta y el torrente de agua salada apenas si le permitían respirar. Se estaba ahogando en ella misma.
…Vio su espalda meterse por la puerta del auto.
De repente se sintió envuelta en el silencio, ni siquiera oyó el ruido del motor encendiéndose y mucho menos alejarse. Ella se quedó allí sentada con la mirada clavada en el alguna parte, ahora el mar de sus ojos hacía que todo fuera igual.
Se había ido.
domingo
viernes
Después de cinco películas, siete cafés en el bar de la esquina y dos escapadas en el auto para navegar sin rumbo; se encontraron nuevamente en el balcón y se dieron un beso de narices frías y mejillas rosadas, ese tipo de besos que duran para siempre.
Sabían que no habían tenido el mejor de los veranos, pero sin dudas ese sería su invierno perfecto.
domingo
Cuando las botellas comenzaron a arrinconarse en una esquina del salón y la mitad de la multitud se había retirado a soñar en otro sitio, te vi colocándote la chaqueta. Se me congeló el corazón.
Te ibas.
¿Por qué pensamos que tenemos tiempo?
Si el tiempo en verdad se nos va sin siquiera darnos cuenta.
Estabas de espaldas y sin darte cuenta que mis pasos me llevaban a tu hombro. Ni siquiera yo sabía que estaba haciendo, pero no me aguantaba verte ir otra vez así.
- Hola extraño – Te dije con los nervios reflejados en cada letra. ¿Hacía cuánto que no te hablaba de frente?.
Mis ojos debieron haber reflejado tu misma sorpresa porque apretaste la mano izquierda durante dos segundos, esos dos típicos segundos tuyos en los que tomabas valentía y te empujabas a la vida. Esos dos segundos que yo siempre aprovechaba para relajar los músculos y alcanzar a dibujar una sonrisa de medio lado y ocultar cualquier cosa. Vos también lo notaste, verdad? A veces odio que me conozcas tanto.
- ¿Cómo estás? – Hablaste con temblor. Bueno, después de todo estábamos en la misma situación.
- Increíblemente satisfecha de haber aguantado toda la noche estos tacos. – Cambiaste la mirada y te llevaste la mano al cuello. Yo no podía creer la estupidez que acababa de soltar. Ahí estabas, a punto de volarte de nuevo entre las sombras y yo con un corazón que estaba a punto de explotar… y te hablaba de tacones. Jolín. - ¿Vos?
- A punto de ir… - Filosas cada una de las vocales que pronunciabas. No te importaba en lo más mínimo, verdad? – al balcón... ¿Me acompañarías? - Retiré absolutamente todo lo que acababa de pensar y sin entender nada, perdiéndome inconscientemente de nuevo en tu mirada de sabueso y en mis ganas de saber qué había sido de nosotros dos, te acompañé a ese balcón que conocía mejor que nadie la historia que nunca se terminaba.